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召命 -Vocación-

la explosión de la primera bomba atómica en la historia de la humanidad sobre el cielo de Hiroshima

2017年8月4日 | CATEGORY - 召命

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La ciudad de la muerte

Matsumoto Mitsue

(Adoratriz)

 

Pasados ya 45 años desde , siento que los recuerdos llenos de horror y angustia de ese día quedan muy lejanos, incluso para mí que sufrí la radiación. Creo que no deberíamos olvidar, para que nunca jamás se repita, y decidí contribuir relatando mi humilde experiencia del terror atómico.

 

Han pasado 45 años y no hice anotaciones de aquellos momentos, además tres años después del bombardeo me alejé de Hiroshima para entrar en una comunidad religiosa. En tal situación escaseaban las noticias. Así pues, les ruego que disculpen mis posibles deficiencias en las partes que dependen sólo de mi memoria.

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Escapando del fuego

          6 de agosto de 1945. Tras toda la noche de incesante bombardeo se había levantado la alerta de ataque aéreo. Amaneció un cielo azul puro de una belleza que impedía imaginar el peligro. El implacable sol del pleno verano ya achicharraba el hervidero matinal de actividad en el distrito militar de Hiroshima.

          Yo, como siempre, con mi pantalón de faena y mi mochila de emergencia,

caminaba sobre el asfalto ardiente charlando alegremente con mi amiga (hija del abad del templo budista Tamon, ahora monja trapense en Nasu, ) mientras nos dirigíamos a la Universidad de Letras y Ciencias dejando detrás el monte Hijiyama. De pronto vimos venir desde el puente Hijiyama una animada fila de voluntarios del barrio vecino, que, al parecer, iban a limpiar el refugio, y se cruzaron con nosotras mientras reían alegremente.

          “¡Señorita Matsumoto!”, al volverme hacia la simpática voz, por el centro de la fila vi la inocente carita de Keiko sonriendo y saludando con la mano desde el carrito que empujaba su madre. Hasta unos diez días antes yo vivía en el mismo barrio que la familia de la pequeña Keiko, pero quedamos separadas al asignarnos a diferentes refugios. Yo también respondí con la mano y una sonrisa a Keiko, y seguí rápidamente mi camino. Fue mi último encuentro con la pequeña Keiko. Una hora más tarde murió carbonizada. Su madre con grandes quemaduras fue asistida en la escuela de Danbara. Gimiendo repetía “Quiero sobrevivir para vengar a Keiko”, pero una semana más tarde se reunió con su hija. Mientras el marido estaba en el frente, ¡cómo se desesperaba deseando vengar a la hija! Aún ahora, al recordarla, se me encoge el corazón.

          Llegamos a la universidad antes de tiempo pasando por la puerta sur, nos dirigimos a nuestro trabajo, mi amiga, al seminario de Historia Oriental, yo, a la sala de preparativos del departamento de Física y Química de Magisterio situado en el segundo piso de un edificio de madera. En este edificio estaban los despachos de profesores y el laboratorio. En nuestro trabajo de ayudantes, yo en una salita junto al aula magna del segundo piso atendía a profesores y estudiantes para los preparativos de clases y experimentos

          Creo recordar que aquel día se iniciaban las clases de primer curso. Entré apresuradamente en la sala de preparativos y al colocar mi equipaje en la mesa y mientras me ponía la bata blanca saludé a mi compañera Ikeda que ya había llegado. Observé que en la mano llevaba una sombrilla, como dispuesta para salir. Me extrañó y, al preguntarle, me explicó que iba a casa de un amigo para repararle la radio junto con un estudiante que ya la esperaba en la parada del tranvía. Sorprendida, le dije “Pero hoy es el primer día de clase” y la retuve pesadamente.

          En ese momento un fogonazo amarillo pasó entre las dos. Sin tiempo de pensar “¡Qué es esto!” surgió un estruendo del fondo de la tierra y sentí un violento impacto en todo el cuerpo, que me hizo flotar y chocar con varios objetos. Instintivamente me cubrí la cabeza y cerré los ojos. Un penetrante olor como de nitrato de potasio me asfixiaba. Entretanto pensé que había caído cerca una enorme bomba y que la deflagración había derrumbado el edificio.

          Precisamente unos dos o tres meses antes, una bomba cayó delante de la universidad y una estudiante de Manchuria murió: reviví la escena de la excavación de su cuerpo en un atardecer bajo la lluvia.

          No sé cuánto tiempo pasó. Alrededor, los objetos parecían haber vuelto al silencio tras el revuelo. Aterrada, abrí los ojos lentamente. Extrañamente todo estaba a oscuras. Al intentar moverme comprendí que estaba aprisionada bajo un montón de trozos de madera y me era imposible el más mínimo desplazamiento. Me pareció tener la cabeza aprisionada en oblicuo, y, en la oscuridad, pude entrever el edificio principal de la universidad en posición invertida.

          Varias ventanas del edificio despiden llamaradas como lenguas infernales. Con su luz veo nítidamente personas ensangrentadas vistiendo la bata blanca de laboratorio, que salen como disparadas. En aquel momento no pude comprender qué había ocurrido.

          Ikeda-san, que momentos antes estaba conmigo, parecía haberse esfumado. Instintivamente la llamé gritando. ¡Ikeda-san! No hay respuesta.

“Habrá sido lanzada lejos o quizá…” Me azoré y para no imaginar lo peor volví a llamarla con más fuerza: “Ikeda-san, ¿dónde estás? Contesta” Repetí dos veces más y por fin contestó con una voz sorprendentemente tranquila: “Estoy aquí. No te preocupes, estoy viva”

          Pero como oía su voz sin poder verla, seguí llamándola. “¿Dónde…, dónde estás?” “Aquí, estoy aquí”. Extrañamente, su voz la oía justo debajo de mí. El mismo suelo de madera que pisábamos hacía unos momentos ahora nos separaba. Desde el extremo de las tablas podía entrever sus manos. Poco a poco, reapareció la claridad del cielo como si lo limpiaran y, mirándolo, intenté liberarme de las tablas. “Ay, ay” grita Ikeda-san, parece que cada vez que yo me movía le hacía daño. Imposible, tenía que renunciar a zafarme. Pero desde el fondo de mi corazón confiaba en recibir ayuda.

          De pronto veo que hay un incendio desde la puerta principal de los edificios de madera derribados. Sentí un escalofrío, si alguien no viene pronto… Oí unos pasos, alguien se acercaba sobre el suelo caído. ¡Qué bien!, me dio un vuelco el corazón. Grité pidiendo ayuda. Al acercarse, lo reconocí, el Sr. M estudiante extranjero de Ciencias. Grité “Sr. M, ayúdeme”. Estaba segura de que me ayudaría, pero echando una ojeada desde las tablas me dijo fríamente: “No puedo ir hasta ahí”. Se marchó sin mover un dedo a pesar de mi súplica desesperada. Pueden imaginar mi amarga decepción.

          Poco después, muy cerca detrás de mí, descubrí llamas azules. Comprendí que era el final. “Ikeda-san, ya es imposible salir de aquí. Desde la puerta empieza a rodearnos el fuego. Y desde la sala de preparativos también salen llamas. Muramos juntas”. Con gran esfuerzo alcancé la mano de mi amiga y la estreché. A través de los dedos transmitimos nuestra amistad.

Las imágenes de mi familia y gente querida desfilaron rápidamente en mi cabeza. No guardaré rencor al Sr M., me dije. De algún modo sentí que podía morir tranquilamente. Mi amiga callaba. ¿Qué les habrá pasado a los profesores y los alumnos? El fuego ya crepitaba a cinco o seis metros y sentía el calor en todo el cuerpo. Pensé “Ah, ya voy a morir,” pero creo que no me acompañó el sentimiento de la muerte. Tuve la sensación de que el tránsito de vida a muerte era de una calma sorprendente.

          No sé cómo reboté, pero torcí el cuerpo y logré salir deslizándome fácilmente de entre las tablas donde estaba aprisionada. “¡He podido salir!”. Había logrado escapar. La muerte se había alejado de mí. Todo mi cuerpo vibró de alegría y llamé a mi amiga. “Ikeda-san, he podido salir. Te ayudo a salir”. Sin perder un momento, rápidamente agarré las manos de mi amiga y la saqué hasta la mitad del cuerpo. Pero mis fuerzas no bastaban para sacarla más. El fuego estaba ya a tres o cuatro metros.

          ”Aguanta, otro tirón”. Apalancándome con todas mis fuerzas, el sudor me empapaba todo el cuerpo. Pero una gruesa viga oprimía su vientre, parecía estar pegada con cemento y no se movía en absoluto. Con el pelo revuelto y cubiertas de polvo y sudor, las dos luchábamos a vida o muerte.

“Déjame y escapa tú” grita mi amiga. “¡Pero qué dices, venga, ánimo! Tú también haz fuerza”. Toda la energía de mi cuerpo se acumuló en mis dedos. Concentrando nuestras fuerzas en las manos, el cuerpo de mi amiga salió al tirón. Parecía un milagro. Las llamas ya estaban al lado. “¡Nos hemos salvado!” La alegría nos hizo brotar una cascada de lágrimas.

          Pero no podíamos demorarnos. Las dos, cogidas de la mano, bajamos al patio alejándonos del montón de maderas ardiendo. Al mirar alrededor, se nos cortó el aliento. En el campus de la universidad no se veía nadie a salvo, los edificios derrumbados estaban rodeados por un mar de llamas.

Sobre el patio personas ensangrentadas, a otras le colgaba la piel de la mano mientras andaban como fantasmas, otras andaban casi desnudas con andrajos quemados…Me quedé de piedra

          En las plantas de los pies el calor me era insoportable, pues al huir había perdido el calzado. En este apuro, un empleado del economato me ofreció un par de alpargatas. (Aún hoy le estoy agradecida.)

          “¡Eh, estáis bien!” Al volvernos hacia esta voz vimos al Profesor Murata con la frente ensangrentada. Nos acercamos corriendo. Ikeda-san en seguida rasgó su propia bata de laboratorio y le vendó la cabeza al profesor. El Profesor Matsuura y su ayudante Otsuka estaban vivos, pero este, con la espalda quemada, falleció una semana más tarde. Todos los miembros de la segunda sección de Ciencias pudieron celebrar que estaban a salvo.

          Después de esto Ikeda-san, acompañando al Profesor Murata, fue a la residencia de estudiantes de Kichishima que n soe había incendiado, allí fue acogida, pero enfermó gravemente pues el día de la bomba sufrió fractura de tres costillas. Afortunadamente se recuperó y pudo formar una familia feliz.

          De todos modos, ya no recuerdo bien cómo fuimos separándonos.

          También encontré a mi amiga de Tamon-in, que había sufrido heridas leves por cristales rotos, decidimos volver a casa juntas y nos dirigimos a la puerta de la escuela primaria asociada a la universidad.

          Echando la vista atrás, logramos escapar del edificio convertido en un infierno que lanzaba chispas hacia el cielo. Al imaginar qué habría pasado en caso de no escapar, siento un intensa emoción. Al llegar a la puerta de la escuela primaria, encontré una compañera de la residencia con profundos cortes en la base del cuello causados por trozos de vidrio y, cubierta de sangre y polvo, respiraba a duras penas tumbada sobre el suelo, del recinto escolar se oían quejidos como aullidos de animales salvajes. Veía gente conocida con la cara totalmente ensangrentada. Yo me sentía como culpable de estar ilesa y se me encogía el corazón… De todos modos, había que llevar mi compañera al hospital pero al intentar levantarla vimos que nos era imposible, por suerte pasó un estudiante con heridas leves que nos ofreció ayuda.

          El Hospital de la Cruz Roja de Japón está justo delante de la entrada de la Universidad, pero era absolutamente imposible ir directamente ya que el campus entero ardía. No quedó más remedio que volver atrás y pasar por la puerta de la escuela primaria. Por allí salimos nosotras dos, ayudando al estudiante que llevaba a cuestas a la persona herida.

          Tan pronto salimos por la puerta, quedé estupefacta. A ambos lados de la avenida que va desde el puente Takano al puente Hijiyama se veían maderas y escombros de los edificios derrumbados. De acá para allá, entre las llamas, deambulaba gente con la piel colgando como andrajos, gente ensangrentada y gimiendo sin saber adónde huir. De entre las llamas saltó una mujer con el pelo enmarañado pidiendo auxilio para rescatar a su hijo aplastado, mientras tiraba de un hombre robusto con la fuerza de una madre.

          “¡Ah…!”, me quedé muda. Al despedirnos vi un muchacho completamente desnudo sentado dentro de un depósito contra incendios ya sin agua, con la mirada extraviada, el pobrecito parecía enloquecido por el desastre. Era una visión horripilante.

          Por el momento, renunciamos a ir al Hospital de la Cruz Roja y decidimos refugiarnos por el monte Hijiyama, que nos parecía más seguro. En medio de este caos ya es duro llevar el propio cuerpo, cuanto más le sería al estudiante llevar a cuestas el peso de una mujer agotada.

Sudando a mares, muchas veces estuvo a punto de caérsele la pesada carga y tuvo que alzarla con un tirón. Nosotras preocupadas sin poder cooperar, nos limitábamos a darle ánimo con nuestras palabras. Tardaríamos unos 30 o 40 minutos hasta cruzar por fin el puente Hijiyama y pudimos tender a mi compañera sobre la pradera cerca del puente.

          Allí ya estaban tendidas muchas víctimas de la bomba en estado lastimoso. Había gente con toda la ropa quemada despegada, su piel parecía la de un melocotón despellejado y su aspecto era tan horrible que no pude soportar mirarlo. En el río, cadáveres de gente que se había arrojado al agua flotaban a la deriva lentamente en una escena que no parecía de este mundo.

En tal situación, me sentía como anestesiada y ya ni ante los cadáveres más horrendos podía conmoverme. Nos sentamos un rato a descansar, pero, preocupada por mi familia, decidí separarme de los tres y casi corriendo me apresuré a casa.

          Gracias al monte Hijiyama, cerca de mi casa había pocos daños, aunque había casas derribadas, no se habían incendiado. En el camino, cerca del arsenal se oyó el ruido de una bomba de un B29, me puse la capucha y me metí en un refugio. Dentro, un hombre comentó: “Parece que es un nuevo tipo de bomba”. Yo quedé muy intranquila pensando qué será de Japón a partir de ahora.

          Por fin llegué a mi casa, que estaba en pie. Tan pronto como vi, junto a la entrada, que mi madre, aunque nerviosa, y mi hermano estaban bien , se desbordaron mis lágrimas contenidas hasta entonces.

          Fui la primera en volver a casa. Mi padre y mis otras dos hermanas aún no habían regresado. Intranquila entré en casa, vi que todas las puertas habían volado, las paredes estaban inclinadas y las tejas caídas sobre el pozo del jardín. En la sala y el pasillo del jardín, innumerables trozos de vidrio, el altar budista, mesas y muebles desparramados. En el tokonoma, en el gran pilar de madera y la pared se habían clavado trozos de vidrio cortantes como cuchillos: sentí un escalofrío. Al estallar la bomba, escaparon sin una solo rasguño tanto mi madre, que estaba dentro de la casa, como mi hermano, que partía leña en el jardín.

          Yo llegué a casa, creo que en torno al mediodía; mi padre y una hermana regresaron entre dos o tres horas después. Mi padre acompañaba a estudiantes movilizados a una fábrica fuera de la ciudad y mi hermana menor, también movilizada, volvió con la cabeza vendada por una herida leve causada por un vidrio.

          Finalmente el sol se oculta en el oeste de la ciudad de la muerte, el crepúsculo se impone. Se apaga un día de pesadilla. Pero aún no aparecía mi hermana más pequeña, alumna de primer curso, después de acabar la limpieza del refugio que le correspondía en Zakobamachi. Como los vecinos se habían refugiado en una viña fuera de la ciudad por miedo al bombardeo, no se oía nada alrededor. Mirando desde la puerta hacia el horizonte del atardecer se veía humo negro subiendo al cielo. Seguramente se estaba quemando los cadáveres. ¡Qué noche tan desolada!

          A mi hermano menor, que sin poder esperar más, fue hasta el lugar del trabajo a buscar a la hermana más pequeña, mi madre lo encontró entristecido secándose las lágrimas en la esquina de la casa y le dijo “No encontraste a Tomie, verdad” y rompió a llorar. La más chica y mimada dónde y cómo estará; sola y separada de la familia, qué angustia sentirá. Todos, callados, unimos nuestras lágrimas a las de mi madre. Bajo el incesante paso de los B29, esperamos anhelantes a nuestra pequeña en el barrio desierto de Danbara. Pero finalmente no volvió…

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Buscando mi hermana en la ciudad de la muerte

 Como si nada hubiera ocurrido, por el este la luz roja de la aurora va iluminando también la ciudad en ruina, Hiroshima, y como siempre volvió la mañana. Aún sabiendo que no podíamos hacer nada, pasamos toda la noche preocupados por la pequeña. Al final a todos nos vence el pesimismo, mi madre llora y callamos. Apenas pudimos dormir, impedidos por las conversaciones entrecortadas y las frecuentes entradas y salidas del refugio. La luz del sol nos escocía en los ojos, cansados por el insomnio.

          Yo, sintiendo responsabilidad como hermana mayor, decidí salir con mi padre a buscar a Tomie en la “Ciudad de la Muerte”. Nos dirigimos primero a su lugar de trabajo en Zakobamachi. Al traspasar el monte Hijiyama ante los ojos el panorama que se extendía era exactamente la “Ciudad de la Muerte”.

Un cúmulo de escombros y hogueras se extendían por doquier, salpicado de paredes de cemento, restos de estructuras e hileras de árboles calcinados.

          De acá para allá cantidad de víctimas caídas, muchos ya sin respirar pero sobrevivían heridos graves que suplicaban “Agua, por favor” extendiendo sus brazos despellejados o “Estoy abrasándome, por favor, cúbrame con ese trozo de techo”, también imploraban víctimas extenuadas en estado muy grave. Atendiendo en lo posible a estas víctimas, pasando por encima de cadáveres, a veces tropezando con heridos graves, por fin llegamos a Zakobamachi. Vimos que el largo muro de cemento de la escuela de secundaria, derribado por la deflagración de la bomba, dejó sepultada la fila entera de personas asignadas a la limpieza del refugio.

          Los rostros de las víctimas quemadas, desfigurados hasta hacerlos indistinguibles, contrastaban con los rostros de las víctimas sepultadas por el muro que impresionaban por su aspecto plácido. Hombres con cuerdas atadas a la cintura, con picos y palas, etc se mezclaban con mujeres con traje de faena… el aspecto de una joven madre sujetando firmemente a su inocente bebé muerto, fue una visión que desbordó de emoción.

          Examinamos una por una las caras de las compañeras de mi hermana, pero ella no estaba allí.

          Seguimos nuestro triste viaje dirigiéndonos hacia Ujina, donde suponíamos que habrían huido. En el camino, pasamos por el Hospital de la Cruz Roja y tampoco estaba allí.

 Es indescriptible lo que vimos y oímos en el camino. El silencio había vuelto a la Ciudad de la Muerte, solo se oía “¡Madre!”, “Agua, por favor”, “No puedo más, mátenme”… pero estos gemidos solo se mezclaban con su eco en el cielo y se los tragaba la tierra. En esta escena deambulaba gente agotada buscando familiares y conocidos.

          En la pradera quemada se cernía la calina y ráfagas de viento ardiente pasaban trayendo el olor de los cadáveres en putrefacción. Las moscas acudían a los cadáveres apiñándose mientras batían ruidosamente sus alas. Mirándolas me preguntaba por qué no habían muerto estos insectos.

Finalmente las sombras se alargaban en el atardecer, el primer día oscureció minando la esperanza de la familia. El segundo día tampoco encontramos a Tomie.

          El tercer día supimos que muchos heridos habían sido evacuadas a las islas cercanas y decidimos visitarlas. Desde Ujima salió hacia estas islas un barco abarrotado de gente que, como nosotros, buscaba sus familiares.

Visitamos todos los centros y escudriñamos las listas de evacuados, además revisamos cada cara, pero Tomie no aparecía. Encontramos en cambio a muchos conocidos en un estado lamentable esperando que su familia viniera a buscarlos y nos dolía no poder avisarles.

          Buscamos todos los sitios probables. Llegamos a pensar que, encontrar su cadáver, al menos pondría fin a nuestra desesperación. Oímos que poco después de la explosión se recogió y sometió a cremación gran cantidad de cadáveres, y pensamos que mi hermana estaba entre ellos.            

          “Vamos a dejar de buscar” dijo mi padre decaído y con cara triste. Los dos nos apresuramos a subir al barco.

El barco en que regresábamos arrastraba una barcaza con una maroma con cadáveres alineados, cada cual identificado con una etiqueta en un dedo sujeta con un alambre delgado. Su penetrante mal olor me provocó varios vómitos.

          Pensando en la familia que nos aguardaba con esperanza, se me oprimía el corazón. Llegamos a casa arrastrando los pies, al decirle que no quedaba más remedio que renunciar, mi madre se echó a llorar. Viéndola así, inconsolable, solo pudimos llorar juntos.

          A eso de las dos de la tarde, un hombre completamente desconocido llegó en bicicleta a visitarnos y nos informó de que había visto a mi hermana en el Hospital de Ujina, adonde no habíamos ido porque nos dijeron que no había ninguna alumna de la Escuela Femenina.

          Quedamos perplejos como despertando de un sueño y el hombre nos explicó que mi hermana le había rogado con lágrimas visitarnos para comunicarnos que estaba con la familia Matsumoto enfrente de la Escuela Femenina de Comercio. Este señor no nos dio más detalles, solo que ella está bien y que vayamos cuanto antes a verla. Y dicho esto, se marchó con prisa.           Por suerte, la familia de mi tía, que perdió su casa por el incendio, estaba con nosotros y le pedimos ayuda. Salimos rápidamente hacia el hospital.        Encontramos mi hermana tapada con una cortina negra en una camilla sobre el suelo donde aún había vidrios rotos. Yo fui la primera en acercarse y, al ver su terrible cambio, estuve a punto de estallar en llanto, pero mi madre desde atrás me dio un tirón de la chaqueta y pude controlar mis lágrimas.

Mi hermana tenía quemaduras en la frente, en la parte blanda de la garganta y en la espalda, pero a diferencia de otros estudiantes, no tenía la cara hinchada como un globo.

          Junto a mi hermana estaba en la camilla vecina su compañera de curso con la que había venido cogida de las manos. Cuando íbamos a llevarnos a mi hermana, nos rogó con los ojos enrasados en lágrimas “Por favor, llevadme a mí también”. Me emocioné profundamente. Me hubiera gustado poder complacerla, pero en esta situación lo más que podíamos hacer era llevarnos a mi hermana. Cómo se sentiría la pobre al ver que nos llevábamos a su amiga.

          La chica había venido evacuada hacía poco desde Tokio; su padre estaba en el frente, su madre trabajando y hasta ahora aún no la habían visitado. Probablemente su madre sufrió graves heridas o murió instantáneamente.

Angustiada, le mentí “Volveré a por ti”. Pero tuve que marcharme y desde entonces siento remordimiento. Seguramente estará ya en el cielo, pero sigo pidiéndole perdón.

          A mi hermana, acostada en la camilla, la llevaron mi hermano y mi primo; mi madre y yo, a ambos lados, la protegíamos con un parasol. Una hora más tarde por fin llegamos a casa pero no había cerca un médico para tratarla.

Entonces recordamos que en el monte Hijiyama hay un puesto de comunicaciones, y allí pedí ayuda a los soldados de sanidad. Vinieron amablemente y enseguida la simpatía de mi hermana ganó su amistad. Con la alegría de haber vuelto a casa y de estar con la familia, mi hermana se animó y habló muchísimo. Mi madre quería que dejara de hablar y descansara, pero Tomie siguió charlando sin parar.

          Según contó mi hermana, la bomba atómica cayó precisamente cuando el profesor explicaba las instrucciones situado justo sobre un refugio antiaéreo.

Al fogonazo de la explosión, los alumnos salieron despedidos en todas direcciones como arañas. El sombrero de ala ancha que llevaba mi hermana se volatilizó y ella quedó atónita.

Tres o cuatro amigas cogidas de la mano en medio de una marea de gente huyeron hacia Ujina. En el camino vieron, aterradas, cómo ardían los palos del telégrafo. Cerca del puente de Miyukibashi una de las amigas que ya no podía correr más se puso en cuclillas: “Dejadme y escapad”. La dejamos allí y con los otros compañeros llegamos al hospital. Y siguió contando otros episodios.

          En el hospital recibió tratamiento. Al principio estaba bastante bien y ayudaba llevando agua y comida a los heridos más graves, pero finalmente se sintió mal y tuvo que reposar en una camilla.

          Al acabar la conversación se tranquilizó y empezó a dormitar. De cuando en cuando se quejaba: “Quitadme el trapo negro”. Pero aún después de habérselo quitado hacía el gesto de apartarlo.

          Junto a la boca de mi hermana habíamos colocado dos o tres gajos de mandarina traídos de una fábrica de conservas cercana seguramente quemada, pero ni siquiera intentaba tomarlos. Vomitó varias veces un líquido amarillo. Parecía que su estado empeoraba.

       Esa noche continuaron los bombardeos y tuvimos que pasarla entrando y saliendo del refugio llevando a mi hermana en la camilla.

       Yo, agotada por el día de ajetreo, dormitaba en el refugio apoyada en la pared. “Despierta, que tu hermana está mal” me gritó mi madre. Desperté asustada. De un salto fui junto a mi hermana que nos llamaba por nuestro nombre y repetía “Adiós, adiós”. Al inclinar mi cara hacia ella me dijo “Hermana, qué alegría me dio ver tu cara”. Me invadió la tristeza y no pude contener mis lágrimas.

          Amaneció tras esta noche larga y triste. Se levantó la alarma, sacamos a mi hermana del asfixiante refugio y volvimos a casa. Cuando masticábamos sin ganas la ración de arroz, mi hermana dijo: “Quisiera tomate y leche”. Pero dónde encontrar este lujo en este lugar desolado y calcinado. Mi padre decidió buscarlo entre los agricultores de Itsukaichi, y salió bajo un sol ardiente. El estado de mi hermana era preocupante. El soldado del día anterior volvió a ponerle una inyección y, después de darle ánimo, regresó.

          El sol ardía en lo más alto. Nuevamente mi hermana empezó a llamarnos por el nombre y a repetir “Adiós, adiós”. Su estado había empeorado rápidamente y perdíamos nuestra esperanza en su recuperación. 

          Se le quedaron los ojos en blanco y su fatigosa respiración se convirtió en una especie de hipo. Mi madre dijo “Ya no hay remedio” y empezó a llorar.

La llamábamos por su nombre pero no reaccionaba. Los intensos espasmos se espaciaron hasta finalmente calmarse. La boca entreabierta y restos de lágrimas en los ojos. En el rostro sin vida de la inocente niña se fue borrando la expresión de dolor. Mi madre fue a la cocina para darle en una pipeta la última agua ritual. Y diciéndole “Vete con tu hermano” (muerto al nacer) le cerró los ojos. Todos lloramos en silencio. Mi hermano mayor le cortó un mechón de pelo y lo guardó.

          Alrededor todo era silencio excepto el ruido irritante del revolotear de las moscas. Recordando que mi hermana me pedía oxearle las moscas que se paraban en sus quemaduras, yo las perseguía con las manos.

El soldado volvió de nuevo, enseguida comprendió que había muerto mi hermana y susurró “Pobrecita”. Aún así, le puso la inyección.

          Mi padre regresó con el tomate y la leche. Al oír que había muerto encogió los hombros abatido. Solo dijo “No llegué a tiempo” y se sentó en el escalón de la entrada. Al ver la cara de mi padre, nuestra tristeza estalló en un amargo llanto salido de las entrañas.

          Finalmente, llegó un grupo del centro militar de comunicaciones para llevarse a mi hermana antes de ponerse el sol. En una simple esterilla de paja, envuelven la camilla donde yace el cuerpo de mi hermana. Cuatro soldados la cargan en hombros. El resto de los soldados, formados en fila junto a la entrada, hacen un saludo militar mientras mi padre y mi hermano mayor salen acompañando a mi hermana hacia uno de los crematorios provisionales construidos a ambos lados del monte Hijiyama. Fue un funeral triste, sin incienso ni rezos, pero lo vi apropiado de algún modo para una víctima de la guerra.

          Pensando en tantas y tantas personas desaparecidas solas sin ver a su familia. Mi hermana tuvo al menos el consuelo de volver a casa y vernos a su lado en la hora de su muerte. Justo cuando mi hermana regresó a casa, mi tía acababa de traer los huesos de su hija muerta, de trece años, como mi hermana, y en su insoportable dolor prefirió volver a su refugio en una zona calcinada.

          Poco después subí al monte Hijiyama, y con las ruinas de la ciudad al fondo, uniendo mis manos en oración, me despedí de mi hermana devorada por las intensas llamas de la cremación. La hiriente belleza del sol rojo acompañó mi tristeza.

          La mañana siguiente mi padre y mi hermano recogieron los huesos de Tomie. Mi padre trajo, abrazándola sobre su pecho, la humilde cajita con los huesos calcinados que parecían descansar en paz.

 

          Acabada la guerra, la noticia de la derrota parecía increíble. Perpleja y confusa, pensaba cómo será partir de ahora, qué va ser de Japón… Tardé cierto tiempo en comprender la realidad. Lloré amargamente sintiendo humillación e impotencia. Por otra parte sentía una inexplicable paz y tranquilidad. La guerra había terminado y ya no caerían más bombas atómicas. Este horror nunca jamás debe repetirse. Creo que todas las víctimas de Hiroshima y Nagasaki pensarían lo mismo.

 

Yo creo que Dios, a través del horror de las víctimas de la bomba atómica, nos conduce a que renunciemos a la guerra y caminemos hacia la paz.

Señor, dales la paz eterna a las víctimas de la bomba atómica.

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(1991年2月「戦争は人間のしわざです」に寄稿 松本美津枝)

(Publicado en 02-1991 en “La guerra es una fechoría humana”)

 

Taducción de Juan Benavides